miércoles, 1 de mayo de 2013

¿Qué es estar loco o no-loco?


Una manera poco tradicional de acercarse a la locura consiste en entenderla como el reflejo de la razón en un espejo, es decir, no dar por sentado la rígida dicotomía entre razón/sinrazón, sino ver en ella contenidos los temores, escalas de valores, ansiedades y aspiraciones propias de una época. A través de la locura puede entenderse lo racional, y a partir de ella puede leerse la delimitación de lo normal en una sociedad y un momento histórico preciso, y viceversa.

Aunque es preciso reconocer que razón y sin razón no son opuestos, sino necesariamente complementarios, la definición de la normalidad se ha hecho y se hace estadísticamente en el sentido del voto aprobatorio estigmatizador y aislador por parte de una mayoría considerada y legitimada como normal. El conocimiento científico se constituye entonces en ese ente incuestionable que avala y justifica tanto la clasificación en entidades diagnósticas, como las acciones encaminadas por las instituciones y el entorno social. De este modo, la palabra del “loco” se convierte en un síntoma y producto de su locura, y es invalidada por su misma procedencia.

La definición del conocimiento racional y científico parte de la necesidad de ubicar y clasificar lo que no lo está en sistemas de significado cognoscibles para, a través de ellos, definir y categorizar los objetos de conocimiento. La locura, al ser identificada como algo que transgrede y se ubica en los límites y periferias de lo normal, es un objeto extraño y variable a través del tiempo, según los propios sistemas culturales y de valores de cada sociedad. La definición de lo anormal y monstruoso tiene necesariamente que estar referido a lo normal, y viceversa, y la normalidad justificada en sistemas ya legitimados, es quien se encarga entonces de crear mecanismos para legitimarse y conservarse.

¿Qué significa entonces estar loco?

Durante el siglo XIX esta pregunta al parecer fue muy recurrente en los circuitos académicos internacionales, especialmente franceses y alemanes, por lo que se crearon diversos sistemas de descripción (nosografías) y clasificación de los comportamientos anormales o enfermedades mentales (nosologías). El loco o “alienado” era aquel que no se insertaba plenamente en las prácticas sociales cotidianas y que, como el término lo indica, no era dueño de sí mismo, por lo que se necesitaba una forma de proceder específica que lograra llevar a dichos personajes de nuevo a la vida en sociedad o, en los casos en que se manifiesta una peligrosidad para sí mismo y para los que lo rodean, aislarlo de la sociedad para asegurar la defensa social.

Entre sus paredes, el Manicomio Departamental de Antioquia, ubicado en el actual barrio Aranjuez de la ciudad de Medellín, sirvió como templo de acogida a los comportamientos extraños. La ciudad se perfilaba a nivel departamental y nacional como un lugar económicamente sólido y con una posible fuente de empleo en las nacientes industrias, por lo que muchas personas de zonas aledañas comenzaron a trasladarse allí. De este modo, y con la ayuda del Ferrocarril, algunos alienados llegaron a la ciudad.

El Manicomio Departamental de Antioquia, fundado en el año 1888, comenzó a figurar como un referente terapéutico para la locura en el Departamento de Antioquia. Aquel sería el lugar apropiado para aislar a aquellos que no se insertaban plenamente en las dinámicas sociales normales y, de cierto modo, tratar de acercarse a una definición de una posible patología que se insertaba dentro de un marco nosológico más amplio y aceptado por la comunidad científica.

Podría uno preguntarse entonces si el comportamiento y la conducta humana pueden ser definidos en relación a una clasificación específica y, más aún, el comportamiento signado bajo lo anormal. Si bien hay unas prácticas sociales o hábitos cotidianos con cierto grado de aceptación, como el consumo de bebidas por ejemplo, cabe preguntarse a partir de qué momento éste se convierte en una patología, y en qué momento se considera que el borracho debe ser internado.

Un caso que ha llamado mi atención es el de un hombre de 52 años de procedencia de Jericó (Antioquia) que ingresa al manicomio el 31 de Junio de 1930. El certificado médico de entrada, realizado por el director alienista, se refería a que era un dipsómano peligroso para sí mismo y su familia, y que en la crisis en que se encontraba se exponía a ser atropellado por los vehículos. También se alertaba de que golpeó a los miembros de su familia y que profería palabras e insultos que escandalizaban a los menores.

Lo particular de este caso es que este personaje ingresó en pleno estado de embriaguez, que según afirmaba el médico venía de varios días a juzgar por el abandono personal en el que se encontraba. Este hombre, que tenía como oficio el de barbero, despertó a la media noche el día que ingresó y se preguntaba por el lugar en el que estaba. Los días siguientes su estado era de completa lucidez, incluso se explica en su historia clínica, que el paciente sirvió con su oficio a sus compañeros de asilo con desinterés y simpatía. Este hombre sale del asilo por “estar bien” en septiembre de 1930, y se deja constancia de que durante el tiempo que estuvo interno nunca se comportó como loco.

Este caso puede ser visto desde diferentes perspectivas. La primera de ellas es que la capacidad terapéutica del manicomio fue efectiva en dicho paciente. No obstante, en el expediente no figura ni un pronóstico ni un tratamiento específico. La segunda perspectiva pone en duda la locura del paciente y cuestiona el porqué del ingreso de este personaje al asilo, ya que podría uno fácilmente decir que su comportamiento “extraño” era producto de su embriaguez y que con sus palabras y acciones transgredió el orden de lo normal.

Al aceptar esta última perspectiva se puede incurrir en un error de interpretación, e incluso, llegar a cuestionar el bagaje intelectual del director alienista. No obstante, puede verse que la instancia médica manifiesta la no-locura de dicho personaje, con lo que la responsabilidad del internamiento cae en manos de otros actores que lo remitieron. Así, la locura sería un fenómeno construido socialmente, con lo cual se afirma su relatividad y vuelve uno al bucle, a la pregunta sobre qué es estar loco entonces.

Debe quedar claro que no pretendo hacer un análisis signado por las vicisitudes de la academia, sino más bien invitar al lector a reflexionar sobre qué es estar loco o qué es estar no-loco, y de este modo pensar en torno a qué define su normalidad.


1 comentario:

  1. te mande un comentario pero no se si llego, un saludo hermanito. esta muy bueno el trabajo.

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