Son pocas las veces que uno decide crear una conexión entre
pensamiento y realidad. Cansado de las ópticas y los brumosos lentes de
observación del pensamiento racional, los armazones de la lógica comienzan a
parecer lo contrario, las observaciones a priori y a posteriori tienen poca
validez. De repente se pasa uno caminando por las calles, cuando uno se topa
con los objetos que estudia y ha tratado de encasillarlos en un modelo aceptado
de pensamiento. Al final de cuentas lo que resulta es una conmiseración más y
un encasillamiento paupérrimo de lo que se escapa a lo teórico: lo
indescifrable.
Cuando hablas con las personas, sientes su olor y su
presencia, sucede que comienzan a perder la calidad de variables y datos
estadísticos en los que los habías circunscrito, ocurre que un poco de calle,
de mugre y de sangre revelan la auténtica dimensión de lo “social”.
Comienzas entonces a dudar, tanto de la utilidad de lo que
haces como de las herramientas que tienes para ello, y te das cuenta que hay
algo que no te deja sentir, que por mucho que lo creas te atrapa en un sinfín
de reglas, símbolos y artilugios para codificar y hacer un poco más
comprensible lo de fuera: el lenguaje.
¿Cómo es posible escapar de la realidad construida hacia una
realidad real? Es difícil zanjar esta brecha milenaria y automatizante, cuesta
un poco imaginar que las palabras y los símbolos son simples construcciones
vacías que pierden todo sentido cuando se toca fondo. Por eso, abogamos por el
rescate de lo sensible, por el verde agonizante tras el gris desbordado, por
los momentos fuera de sí, lo irracional y lo vivido, como forma de escapar, o
regresar, a la naturaleza salvaje y bárbara que tanto se ha despreciado.
El último día de vida civilizada, las hogueras salvajes
darán cuenta de la miseria del lenguaje, de lo indeterminado, lo mágico, de una
triste realidad humana encorsetada en vías de progreso y civilización. De cómo
nos hemos acostumbrado a la alienación, autoconstruida, autoimpuesta, de una
simbología que realmente nadie comprende.
Por: Tecno Maicol